Cartas de mamá.
Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le
entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San
Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín,
Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al
seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde
lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino.
Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya
lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes
de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de
Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa
de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de
convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño
escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y
conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su
vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto
mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva
vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían
llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles
mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad
condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la
frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y
una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá.
Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no
le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las personas,
evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa
duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar
el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando
la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por qué no
habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en
cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto–grabado de La Nación con los
sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando
en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico.
¿Por qué no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al
tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de
mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de
un mundo caduco en la lejana orilla del río.
—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde de febrero
por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.»
Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien claro. Era
perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera reacción, después de la sorpresa, el
golpe en plena nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá.
Las Armas Secretas –– Julio Cortázar
4
Por más ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir
«Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido. De
cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora
tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura se
extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía tu mamá, tal vez
porque había perdido a la suya siendo niña. Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le
voy a mandar unas líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de
mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura siempre tranquila,
bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó
bruscamente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería
mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le
importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le importaba
gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa.
(¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad
inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que pondría Laura, la actitud de
Laura. Y le importaba por él, naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a
Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el
nombre de Nico, y él sabía que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y
después Laura diría: «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido
todo el tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las manos un
rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la
boca.
En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador, releyó la carta, una de
las tantas cartas de mamá, sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se había
equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor,
sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura
la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una manera
indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a veces a
mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba, las leía con el mismo
interés, vacilando ante alguna palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo
Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres
días sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero
Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y de otro,
parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas
de mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al orden nacional
(pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde
por su mano). Hasta podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y
mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la
tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a
gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que
llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que
tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico
había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo.
Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la N larga
y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase
incomprensible y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad.
Las Armas Secretas –– Julio Cortázar
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De golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo venía después
de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas marcado con la débil
tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó
por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y
tenía una clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.
En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor, que era el que sin duda
había preguntado por ellos. El primo Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos letras más
que Nico, pero con una goma y habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana
Víctor preguntó por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara
por los ausentes.
Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Seguía dispuesto a no
decirle nada a Laura, que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse
dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara
el color y el relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos Aires
apenas dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había considerado
como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una tarde, después de hablar
con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado escapar de la Argentina, del caserón de
Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba enfermo). En aquellos meses
todo había girado en torno a él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los
perros, el jardín. Su juramento había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en
la pista, interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido brutal en eso
días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para con mamá, el olvido de
todos los deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados. No le había
importado nada, ni siquiera el asomo de protesta de Laura. Mamá se quedaba sola en el
caserón, con los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en
un ropero. Que se quedara, que todos se fueran al demonio. Mamá había parecido
comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta
recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había
sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia,
el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos.
Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso. Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a
comer, bebía la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a
los bosques, conocían cada vez mejor París. Habían tenido suerte, la vida era
sorprendentemente fácil, el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas
excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.
No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como
un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que
perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo
tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la
permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo
odiaba por Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como
ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el jardín, después
de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.
No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre por otro, era intolerable
que Laura leyera la frase de mamá. Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la
veía luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—,
Las Armas Secretas –– Julio Cortázar
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crecería con Laura como una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y
por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había preguntado
por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor había
preguntado por ellos.
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