Julio Cortázar
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Obras Más Importantes de Julio Cortázar
Divertimento.
Hablo de un tiempo distante y ya cinerario, cuando éramos varios y
vivíamos lo que digo aquí, un poco para los demás y casi todo para mis
días feriados que relleno infatigable con palabras. La naranja se abre en
gajos translúcidos que alzo al sol de una lámpara para ver entre la linfa
del glóbulo sombrío de las semillas. De uno de los gajos salen los Vigil,
ahora estoy con ellos y los otros en la casa de Villa del Parque donde
jugábamos a vivir.
Jorge cultivaba la introspección, decía poemas automáticos con
infaltable belleza. Aplastado contra la mesa de dibujo, el pelo entre
papeles canson y carbonilla, murmuraba para sí las melopeas
preliminares que lo ponían en trance.
–Está aceitando la bicicleta –me dijo Marta que escogía entonces la
imagen violenta–. Vení a ver esta hermosura.
Me acerqué al ventanal que daba al oeste. El paisaje agronómico
quedaba detrás de un toldo a rayas naranja y azul, pero alguien había
cubierto un agujero rectangular por donde entraba el sol de las cuatro
mezclado con pedazos de figuras y de nubes.
–Mirá desde aquí, es un Poussin fabuloso.
No era en absoluto un Poussin, más bien un Rousseau, pero la
óptica de la tarde, el calor, algo en ese trozo de exterior calando por el
toldo, le daba un relieve del que no podía uno escaparse. Inclinándome
en el ángulo que me exigía Marta vi la razón de su maravilla. En un
campo a tres cuadras, al borde mismo de la facultad de agronomía, un
montón de vacas pastaba a pleno sol, blancas y negras con infalible
simetría. Tenían algo de mosaico y cuadro vivo, un ballet idiota de
figuras lentísimas y obstinadas; la distancia impedía apreciar sus
movimientos, pero fijándose con atención se veía cambiar poco a poco
la forma del conjunto, la constelación vacuna.
–Lo fantástico es cómo caben dieciséis vacas en este agujerito –dijo
Marta–. Ya sé lo de la distancia, etc. También con un dedo se tapa el
sol, blah blah. Pero si te fiás solamente de tus ojos, por un momento
solamente de tus ojos, y ves esa calcomanía purísima ahí lejos, todo
perfecto el campo verde las vacas negras y blancas, dos juntas, otra
más allá, tres en hilera y recortadas, lo estupendo es la irrealidad de
esas figuras tarjeta postal.
–El marco del agujero ayuda a la ilusión –dije–. Cuando llegue
Renato le podríamos pedir que lo pinte. Realismo mágico, dieciséis
vacas celebrando el nacimiento de Venus en un amanecer tórrido.
–El título está bien, sin contar que sería la única manera de
convencerlo a Renato que pinte algo que vemos los demás. Aunque su
cuadro de ahora es bastante fotográfico.
–Bueno, sí. Pero fotográfico a la manera marciana o a través del ojo
facetado de una mosca. Imaginate fotografiar la realidad a través de un
ojo de mosca.
–Prefiero mis vaquitas. Miralas otra vez. Insecto, miralas otra vez.
Lástima que Jorge duerma; hubiera sido bueno hacérselas ver.
Ya sabía yo lo que iba a pasar. Jorge movió convulsivamente un
brazo, enderezándose a medias sobre la mesa de Renato. Estaba un
poco pálido, miraba fijamente a su hermana.
–Escuchá, zonza, ya lo tengo. Oigan los dos, ahora va a empezar.
La palabra es menta, todo nace de ahí, lo veo todo pero no sé qué va a
ser. Ahora esperen, la sombra de la menta en los labios, el origen
sigiloso de ciertas bebidas que se degustan bajo luces de humo, tornan
alguna vez como palabras y se agregan al recuerdo para no dejarlo
andar solo bajo las antiguas lunas. (“Buen poema”, me dijo Marta al oído
mientras escribía velocísima). Todo esto es vano, lo importante
permanece en la actitud sobria de los edificios y las nubes bajas; sin
embargo forma parte de vidas ya depositadas en el fondo de vasos
secos, con huellas de labios en el borde donde el polvo del amanecer
se decanta innumerable.
Así es como recuerdo un anís seco y penetrante bebido en una casa
de la calle Paysandú; una aloja devorada por el alto calor de Tucumán,
y una granadina flor de fuego en un café japonés de Mendoza. En esta
tierra de profundos vinos la geografía está colmada de sabores rojos o
áureos, mostos picantes de San Juan, botellas de Bianchi cuyano y
breve gloria en fuste altísimo de los Súter legendarios. Este vino es un
caracol andino, aquél una noche sin sueño y transcurrida de acequias, y
el más amargo y humilde, el vino de almacén en calles de tierra y
sauces crecidos, las orillas de Buenos Aires donde el hastío llama la
sed.
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