Julio Cortázar
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Obras Más Importantes de Julio Cortázar
El perseguidor y otros cuentos.
Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he
ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de
la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la
pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana
da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se
quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny
envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados
pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda
muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del
hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
OO −El compañero Bruno es fiel como el mal aliento −ha dicho Johnny a manera
de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha
alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron
en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa.
Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo
sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como
pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y
arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con
una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por
completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha
apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos
reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la
frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una
lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta
de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
OO −Hace rato que no nos veíamos −le he dicho a Johnny−. Un mes por lo menos.
OO −Tú no haces más que contar el tiempo −me ha contestado de mal humor−. El
primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual.
¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de
todo.
OO −¿Pero cómo has podido perderlo? −le he preguntado, sabiendo en el mismo
momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
−En el métro −ha dicho Johnny−. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del
asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien
seguro.
OO −Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel −ha dicho Dédée,
con la voz un poco ronca−. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del
métro, a la policía.
OO Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido.
Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los
dientes y de los labios.
OO −Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido −ha ,dicho−. Era
uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había
tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato
en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con
solamente afinarlo.
OO −¿Y no puedes conseguir otro?
−Es lo que estamos averiguando −ha dicho Dédée−. Parece que Rory Friend tiene
uno. Lo malo es que el contrato de Johnny...
OO −El contrato −ha remedado Johnny−. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y
se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual
que yo.
OO Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle
un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el
saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y
golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una
gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados
o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar
un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.
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