Julio Cortázar
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Obras Más Importantes de Julio Cortázar
Diario de Andrés Fava
Clara y Juan se acuerdan a veces de Abelito, pero yo me olvido más fácil ahora que
lo encuentro tan poco. En cambio me viene a la memoria
decir "me viene" está tan bien, porque el tipo abre la puerta y se presenta,
otro Abel que vi un par de veces en Mendoza y que me dio miedo. Creo que escribo
para tener, del lado hedónico, el miedo exquisito; entonces lo estropeaba una sensación de
peligro y de rechazo. Toqué el timbre (buscaba pensión, vi un anuncio, era una casa de
altos en la Avenida San Martín hacia el norte, en esa parte que se pone bonita con las
alamedas y los comercios sirios) y me abrió la puerta un ser que no había nacido para abrir
puertas. Tenía un piyama azul y la cara más pálida que haya visto jamás, un pierrot
espantoso plantado contra la oscuridad del zaguán. Ojos dilatados, claros (pero ya no
recuerdo el color, o nunca lo vi) mirándome con una blanda intensidad, lamiéndome la cara
en un silencio que yo culpablemente hacía durar. Después hablé del anuncio, y el ser se
hizo a un lado para dejarme entrar y dijo: "Suba". La voz era los ojos, como si un alga
pudiera hablar: con lo inhumano del papagayo, pero a la vez conteniendo al ser; una voz de
testigo que dice la palabra reveladora. Subí, seguro de que no me quedaría en la casa.
Arriba había una mujer vieja en el justo corredor para su acento francés y sus manos llenas
de anillos. Fui llevado a mi posible habitación, ella hablaba y el ser nos seguía, mirándome;
ahora recuerdo su cuerpo gracioso, el arco azul que dibujaba el piyama en el hueco de la
puerta: descanso de danzarín.
La mujer se interrumpió para mandar secamente: "Ándate, Abel". El ser desapareció
deslizándose de costado, mirándome hasta perderse. Debió mostrar lo que sentía porque la
mujer bajó la voz para decirme: "Abel le arreglará la pieza, y usted todos los meses le da
una propina. No hay que hacerle caso porque es un poco enfermo —" (No creo que dijera
"enfermo" pero olvido la palabra, hay una censura que la borra en medio de este recuerdo
tan claro).
Quedé en contestar esa misma tarde, me despedí. Al bajar, Abel apareció a mi lado.
Se deslizaba un peldaño antes o después que yo, mirándome. Era horrible cómo me
desnudaba. En la puerta le dije: "Buenas tardes", pero no me contestó. (Años después,
viendo a Barrault mimar Pierrot, sentí de nuevo el peso atroz de ese silencio. Pero Abel era
amenaza, una ciénaga en el aire, esperando).
Pasó un tiempo, yo vivía en otra pensión. Una noche regresaba muy tarde,
demorando el momento de dormir; hacía calor, luna, las calles estaban fragantes. A mitad
de una cuadra casi a oscuras, oí reír, cantar y vociferar al mismo tiempo, un agolpamiento
de palabras y chillidos histéricos, rápidos parloteos que se cortaban para recomenzar al
instante. Brincando y pirueteando vi venir a Abel, blanquísimo de palm beach bajo la luna,
la cara un antifaz blanco con agujeros de sombra. Estaba desatado, volcado, el
absolutamente invertido Abel corriendo su amok por la ciudad. Un grupo de gente debió reírse de él cuando pasaba; entonces se soltó, venía proclamándose, enloquecido y suelto,
quizá dopado; ni me vio al pasar, daba saltitos felices y canturreaba, se reía brincando, por
fin inició una canción y dio vuelta en la esquina.
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