Me revientan estos mocos mentales. También los japoneses se suenan en papeles.
"Diario de vida", vida de diario. Pobre alma, acabarás hablando journalese. Ya lo haces a
ratos.
Un tanguito alentador:
"Seguí no te pares, Sabé disimular —"
Y este verso de Eduardo Lozano:
Mi corazón, copia de musgo.
Lo que se da en llamar "clásico" es siempre cierto producto logrado con el sacrificio
de la verdad a la belleza.
Esperando un ómnibus en Chacarita. Tormenta, cielo bajo sobre el cementerio.
Cumpliendo la cola me quedo largo rato mirando la copa de los árboles que
preceden el peristilo. Una línea continua de copas (el cielo gris la ahonda y purifica),
ondulando graciosa como al borde de las nubes. En lo alto del peristilo el ángel enorme se
cierne entre los perfiles de árbol; parece como si apoyara el pie sobre las hojas. Un segundo
de belleza perfecta, luego gritos, trepar al ómnibus, córranse más atrás, de quince o de diez,
la vida. Adiós, hermosos, un día descansaré ceñido por ese encaje delicado que me
protegerá por siempre de los ómnibus.
(La tierna idiotez de algunas frases. Suspiros verbales.)
Sólo me interesan los primitivos y mis contemporáneos, Simone Martini y Gischia,
Guillaume de Machault y Alban Berg. Del siglo XVI al XIX tengo la impresión de que el
arte no está bastante vivo ni bastante muerto.
Rimbaud, poeta "ambulatorio". Fatiga: estímulo para que la revelación salte y se
instale. El ocio engendra ocio, etcétera. Ayer volvía en el 168, apretándome entre tipos y
olores. De pronto la visitación, la felicidad lancinante. Tener el poema sin palabras,
enteramente formulado y esperando; saberlo. Sin tema, sin palabras, y saberlo. Un verso
solo purísimo:
La santidad, como una golondrina.
Pero tan pocas veces — Desde la tarde en que oí ese verso (y otros dos a la mañana
siguiente), una sorda opacidad, un sentirme repleto de materia viva, ocupada en sí misma,
rumia satisfecha. Vegeto, voy y regreso, me refugio en la lectura. Eliot, Chandler, Colette,
Priestley, Connolly...
Oigo una vez más Henry V en la grabación de Laurence Olivier. Siempre es tiempo
de morir, pero estas láminas con su espiral fuera del tiempo guardan una instancia de
eternidad. No está en la palabra, no son exactamente Will o Larry, o la felicidad que agrega
Walton con su música. Lo eterno alcanza forma en la acción del hombre. Fue preciso todo
eso, y que una vocación lanzara a Olivier, y que tras él Inglaterra, el cine, el momento, la
guerra, el clima
that did affright the air al Agincourt —
Y de pronto, como en la concepción, o en el encuentro de dos palabras que se
incendian en poesía, lo eterno: una actitud, un gesto, and he babbled o'er green fields, y el
Condestable, y ese chico murmurando: soma crying, some swearíng, some calling for a
surgeon — Todo se encontró; los siete colores para dar la blancura que los aniquila en
perfección, en uncoloured color, Eternity.
Cuando no se es un intelectual, la inconsistencia y la pobreza de las ideas hace
temer que todo lo escrito (salvo un poema, quizá un cuento) resulte inútil y ridículo. Ideas,
es decir establecimiento de relaciones, cabezas de puente, puentes. Rodeado de libros, me
inclino sobre una flor que dejaron en mi mesa. Su ciega pupila translúcida me mira; creo
que si de verdad me mirara no me vería.
Tal vez este diario sea ocupación de argentino; como el café —diario oral de vida
—, las mujeres en cadena, los negocios fáciles y la tristeza mansa. Qué difícil parece aquí
una construcción coherente, un orden y un estilo. Además, para escribir un diario hay que
merecerlo. Como Gide, o T. E. Lawrence. Un diario, fina puntilla que hace el hervor sobre
la flor del almíbar. Espumar, sí, pero no en pailas vacías. Si hubiera vivido bien, si hubiera
muerto bien, si esto por donde me muevo fuera sólido y no la jalea autocompasiva que me
encanta comer, entonces sí; entonces poner en palabras las cosas que quedaban por decir,
las espumitas, los surplus de guerra.
Along the Santa Fe trail —Canta Bing Crosby y me vuelve la sorpresa de toda
palabra española metida en una construcción inglesa o francesa. De pronto, en el instante
puro, descubrimiento de la palabra en toda su virginidad; pero ya se borra, ya es la cosa que
conozco (o sea que no conozco, que sólo uso).
Encuentro a un amigo malhumorado y nervioso por un problema de trabajo que lo
hostiga. Desde fuera, desde el borde de su escritorio, me es cómodo medir el absurdo de esa
preocupación por algo que ni siquiera lo alcanza como persona (vive vicariamente un
problema ajeno: fatalidad de buen empleado, del gestor honesto). Me pregunto si le ocurre
reparar de pronto en el absurdo, por comparación con lo cósmico, si da a veces un paso
atrás para que el enorme monstruo contra sus ojos sea de nuevo la mosca posada en el aire.
Técnicas, no más que eso. Baruch Spinoza, qué cochino. Cuando alguien murió, un
impasible me dijo:
—En casos así no me dejo ganar; me refugio en seguida en la metafísica.
—Se ve que el muerto no era tu amante —le contesté.
Si se pudiera... Siempre admiré en Laforgue ese sentido exacto, aniquilante, de la
proporción universal. Único poeta francés que mira planetariamente la realidad. Frente a un
tren perdido, un traje manchado, conservar la conciencia de la totalidad, que reduce el
incidente a menos que a nada. Pero se ve que el muerto no era tu amante. Ay, Andrés, te empieza a doler la cabeza o el hígado, y esa insignificancia te tapa il sole e l'altre stelle. Te
matan una vida como las que te han matado, y a la mierda el universo. El ego se planta
solo, un ojo devorando el mundo — sin verlo.
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